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Ahora tampoco dejan beber en los bares???... :?
La Alameda pide recuperar su esencia
Alicia Lozano. SEVILLA. “Si en pleno agosto no dejan a las personas tomarse una cervecita en la terraza, ¿cuándo se van a sentar a charlar con sus amigos? El ambiente se está perdiendo. Una cosa es que acaben con el botellón, y otra que nos priven de esa cultura de calle propia de la ciudad. Creo que la gente se debería movilizar”. José Espigares, camarero del transitado Café Habanillas, fuerza su voz entre el bullicio de la gente para expresar su desacuerdo y el de muchos otros con las medidas policiales que se están tomando en la Alameda. La Alameda de Hércules parece estar perdiendo ese encanto que le ha caracterizado desde antaño. Un ambiente de gente que se declara alternativa y que escapaba de las discotecas y macrobotellones de la ciudad para buscar un rincón tranquilo donde airearse de la rutina diaria.
José hacía referencia al problema que considera que sufren los bares de esta zona desde hace meses. Tras la tardía aplicación de la ley antibotellón en la Alameda y de todo el revuelo mediático provocado por las protestas de los vecinos, el Ayuntamiento ha respondido actuando de forma estricta para cumplir la normativa de la hora de cierre de los bares, la mayoría a la una de la madrugada. Los comerciantes, acostumbrados a una mayor permisividad en esta zona emblemática de la ciudad, se sienten ahora perseguidos.
Antonio, encargado del Corral Esquivel, defiende que no sólo son importantes las pérdidas económicas. “No se trata sólo del dinero, sino del malestar que provoca que desde las doce y media haya una fila de policías abiertos de piernas con los brazos cruzados y la mirada fija esperando que echemos las persianas. Es increíble la coacción a la que nos vemos todos sometidos.” La brisita veraniega que se levanta ligeramente al caer la noche, tras las largas horas de calor del día, provoca que sea difícil ya a las once encontrar una mesa libre en estas terrazas. “Cuando llega la Policía la gente aún no ha terminado de tomarse su copita y nos vemos obligados a meterlos en el bar y cerrar las ventanas y puertas para que no nos multen”, cuenta Sonia Palomino, camarera del Corto Maltés; una solución que no parece muy confortable dadas las dimensiones del negocio. Sonia añade que su bar posee una licencia que les permitiría abrir hasta las tres de la madrugada. “¿Y el dinero que hemos pagado por esa licencia”, se pregunta Sonia mientras señala el documento que tiene enmarcado y colgado en la pared.
No sólo son los propietarios y trabajadores los que protestan por esta medida que tildan de “excesiva”. El tendero del quiosco de la Alameda ofrece chucherías y frutos secos hasta que los clientes que frecuentan los bares que le rodean se marchan. Ahora debe cerrar una o dos horas antes de lo habitual y se queja: “No entiendo los motivos. Ahora me llega para comer, pero no para mucho más”. Otro vecino apoya la existencia de una regulación para controlar la movida en la Alameda. Muy satisfecho por la actuación contra el botellón, Antonio Cañete expresa sin embargo el aprecio que siente hacia las terrazas y bares que inundan la zona. “Me encantan las terrazas de la Alameda, es algo que le da vida al barrio y creo que no representan ninguna molestia para el vecindario. Por mí como si están abiertos hasta las cinco de la mañana”.
Por estas calles las opiniones suelen ser unánimes. María, una estudiante rusa cuyo apellido no se atrevió a deletrear, añade con un acento curioso que una de las cosas que le gustan de Sevilla es que uno se puede bajar tranquilamente a las doce de la noche a tomar algo. “En Rusia es todo muy diferente. Me gusta esta plaza porque mis amigos y yo nos encontramos todas las noches. Son muy importantes las relaciones sociales y Sevilla es una ciudad que ayuda a mantenerlas”. Otra joven, Rosa, advierte amenazante: “Si no nos dejan beber en los bares, volveremos a hacer botellón”.
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